Subí la montaña,
varias décadas
para dos pies y dos manos.
Un ascenso que se extiende
implacable,
cautivado
entre un par de ideologías
que terminan moribundas
merodeando por la cabeza
helada
de tanto viento
que penetra
hasta en los huesos.

La montaña sigue allí
impávida,
el sopor se adueña
de los párpados
y las rodillas.
Hay que continuar
dictan sutilmente los labios,
mordiéndose
uno a otro
para confirmar la vida.
El horizonte es vasto
poderoso,
inconsciente de su alcance.
Apenas un murmullo
entre las piedras
y la voz propia
que gime
atónita
sin más explicaciones
en torno a su existencia.

“Somos nada más que lunares
de Dios, en su espalda”,
leí en una roca.

Pude comprender entonces
mi sobresalto.
Estiré mi cuerpo
horizontal